Me levanto sin ganas, buscando un pretexto para continuar en la cama porque cinco minutos no me bastan, me gusta el lado más cercano a la puerta por si algo se ofrece… Aunque no haga nada, es difícil entender que el baño me llama todas las mañanas y que la cara que veo en el espejo no me gusta nada, debo confesar que a veces olvido levantar la tapa y después de eso salgo tratando de encontrar a la ropa que lista o no me acompañará toda la mañana.
Perfume no todos los días, aun cuando me gusta experimentar creo que nunca me arreglo lo suficiente, pero casi siempre estoy conforme.
Me gusta desayunar pero nunca me predispongo a que así deba ser, una leche caliente con café y azúcar a veces basta, no sé quizá una concha, unos roles de canela o glaseados, la verdad soy más partidario de lo que me encuentre de alimento en el momento en el que el hambre me llama. No comparto la necesidad diaria de jugo, café, fruta y un huevo estrellado sin ganas, antes de salir de casa me basta el beso de mi hija, el de mi amada y la bendición del Sagrado Corazón y más nada.
Hablo mucho y por ello hay mucha gente que le gusta como soy y sin embargo son mis palabras las que destruyen de pronto lo que creo. Vivo a diario buscando un pretexto para soñar con en el amor eterno, con la felicidad y la posibilidad de que todo esto sea cierto aun cuando la realidad se aferra a impedirlo.
Soy distraído casi en todo momento, mas siempre estoy pensando en lo que quiero: ideas vienen y van, algunas las dejo escapar porque me hacen recordar cosas que no quiero.
Tomo el camión, casi nunca manejo, me gusta más salir corriendo y no por el tiempo, sino por ese momento en el que casi despierto, descubro a alguien mirando hacia la ventana y con un suspiro pedirle al viento que aun cuando ella lo dude, el la ama.
Me gusta ver a los jóvenes con su mochila cargada de ilusiones, la sonrisa discreta de las chicas, esas que buscan que un tipo que no conozco las volteé a ver, me gustan las caras de los adultos que se llenan de envidia cuando ven besarse a los enamorados esos que siempre se sientan en medio y es que mientras ellos disfrutan de un amor pleno, los adultos sólo van al trabajo.
Disfruto saber que aun en los cuadernos pueden faltar apuntes de algún trabajo, sin embargo, es fácil encontrar algún corazón dibujado, un poema sin importar que esté mal redactado o esa esquina posterior derecha en la que en lugar de la fecha va el nombre del ser amado.
Después de algunos minutos y tantas historias, mi parada llega, entonces me dirijo a donde creo me espera la posibilidad de encontrar algo que me ilusione y no me pierda, entre la cotidianidad, los números y las cuentas, esas que nunca terminan y no siempre te esperan, pero sí buscan la manera de alejarte de la importancia de tener a alguien cerca. Difícil si, y más cuando te das cuenta de que mientras piensas como pagar la renta se desvanece un abrazo que no se entrega.
En el trabajo pocas cosas rescatables, el chisme de la mañana, el regaño del jefe que busca que entregue más, porque lo tengo, la forma en que dos amigos planean el desayuno, no por hambre sino por el beso escondido que noté hasta yo.
Después de algunas horas otra vez de vuelta en el camión, en la radio alguna canción que me recuerda la razón por la escribo, por la que dejo de lado las cobijas y por la que a veces olvido ver el ocaso del sol aun cuando es mi amigo.
Sé, sé bien que soy un hombre distinto, porque me levanto sin ganas y cinco minutos no me bastan para dejar la cama, pero la razón es que en ese momento -a pesar de tantas discusiones, cuentas y cosas que faltan- es en el que puedo verte soñando conmigo y eso me basta.
Porque sé que soy un hombre distinto cuando mi otro yo incluso reclama que solo espera estar en el mismo lugar, al mismo tiempo que tú, con los mismos sueños y a pesar de los días, meses y años que pasan corriendo…
Estar en la misma cama… contigo.
Perfume no todos los días, aun cuando me gusta experimentar creo que nunca me arreglo lo suficiente, pero casi siempre estoy conforme.
Me gusta desayunar pero nunca me predispongo a que así deba ser, una leche caliente con café y azúcar a veces basta, no sé quizá una concha, unos roles de canela o glaseados, la verdad soy más partidario de lo que me encuentre de alimento en el momento en el que el hambre me llama. No comparto la necesidad diaria de jugo, café, fruta y un huevo estrellado sin ganas, antes de salir de casa me basta el beso de mi hija, el de mi amada y la bendición del Sagrado Corazón y más nada.
Hablo mucho y por ello hay mucha gente que le gusta como soy y sin embargo son mis palabras las que destruyen de pronto lo que creo. Vivo a diario buscando un pretexto para soñar con en el amor eterno, con la felicidad y la posibilidad de que todo esto sea cierto aun cuando la realidad se aferra a impedirlo.
Soy distraído casi en todo momento, mas siempre estoy pensando en lo que quiero: ideas vienen y van, algunas las dejo escapar porque me hacen recordar cosas que no quiero.
Tomo el camión, casi nunca manejo, me gusta más salir corriendo y no por el tiempo, sino por ese momento en el que casi despierto, descubro a alguien mirando hacia la ventana y con un suspiro pedirle al viento que aun cuando ella lo dude, el la ama.
Me gusta ver a los jóvenes con su mochila cargada de ilusiones, la sonrisa discreta de las chicas, esas que buscan que un tipo que no conozco las volteé a ver, me gustan las caras de los adultos que se llenan de envidia cuando ven besarse a los enamorados esos que siempre se sientan en medio y es que mientras ellos disfrutan de un amor pleno, los adultos sólo van al trabajo.
Disfruto saber que aun en los cuadernos pueden faltar apuntes de algún trabajo, sin embargo, es fácil encontrar algún corazón dibujado, un poema sin importar que esté mal redactado o esa esquina posterior derecha en la que en lugar de la fecha va el nombre del ser amado.
Después de algunos minutos y tantas historias, mi parada llega, entonces me dirijo a donde creo me espera la posibilidad de encontrar algo que me ilusione y no me pierda, entre la cotidianidad, los números y las cuentas, esas que nunca terminan y no siempre te esperan, pero sí buscan la manera de alejarte de la importancia de tener a alguien cerca. Difícil si, y más cuando te das cuenta de que mientras piensas como pagar la renta se desvanece un abrazo que no se entrega.
En el trabajo pocas cosas rescatables, el chisme de la mañana, el regaño del jefe que busca que entregue más, porque lo tengo, la forma en que dos amigos planean el desayuno, no por hambre sino por el beso escondido que noté hasta yo.
Después de algunas horas otra vez de vuelta en el camión, en la radio alguna canción que me recuerda la razón por la escribo, por la que dejo de lado las cobijas y por la que a veces olvido ver el ocaso del sol aun cuando es mi amigo.
Sé, sé bien que soy un hombre distinto, porque me levanto sin ganas y cinco minutos no me bastan para dejar la cama, pero la razón es que en ese momento -a pesar de tantas discusiones, cuentas y cosas que faltan- es en el que puedo verte soñando conmigo y eso me basta.
Porque sé que soy un hombre distinto cuando mi otro yo incluso reclama que solo espera estar en el mismo lugar, al mismo tiempo que tú, con los mismos sueños y a pesar de los días, meses y años que pasan corriendo…
Estar en la misma cama… contigo.
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